Emaus2.0

Al poco de morir Jesús, en el siglo primero, caminaban dos discípulos en dirección a Emaús, a once kilómetros de Jerusalén. Iban charlando de sus cosas hasta que un anónimo se les sumó en la marcha. Entablaron una animosa conversación sobre la noticia del momento, cual era la ejecución en la cruz de un profeta sabio que había curado milagrosamente a cientos e iba a liberar a Israel. El desconocido paseante conectó el hecho con las Escrituras Hebreas y les explicó su significado. Escuchándolo, los dos caminantes no cabían de gozo.  
Cuando, después del trayecto, se sentaron a la mesa y vieron al acompañante partir el pan, se dieron cuenta quién era. Comprendieron al instante que cuanto habían dicho los patriarcas y profetas era cierto, y que aquel misterioso acompañante era el mismísimo hijo de Dios resucitado.
Jesús, el nuevo Adán, había entrado en la historia humana, aportando una perspectiva nueva al misterio de la creación. Nada volvería a ser igual. El hombre de la época entendería sobre la inmortalidad del alma, de la que había hablado el filósofo Platón hace cuatro siglos. Y vería que, por paradójico que pareciera, el secreto de la felicidad estribaba en imitar a aquel profeta, humano y divino al mismo tiempo.
Los apóstoles de Jesús de Nazaret, inspirados de gracia sobrenatural, empezarían entonces a difundir aquella buena noticia. Así ha sido hasta hoy, cuando un tercio del planeta intenta, con más o menos acierto, seguir las enseñanzas de Jesús.
Viene el relato de Emaús a cuenta de los retiros del mismo nombre, que siguen extendiéndose,  desafiando la lógica mundana. Surgieron en Miami hace 30 años, y desde ese momento siguen sumando seguidores de toda índole y condición.
La circunstancia de que triunfen sin que ninguna orden y asociación religiosa esté detrás es muy sorprendente. Máxime cuando el formato y la experiencia de un retiro de Emaús, que dura un fin de semana, es confidencial, por decisión voluntaria de los participantes, y sin que medie contrato, firma u obligación. Ha habido cientos de retiros de Emaus, organizados por laicos sin filiación, y, sin embargo, en Google no se encuentra información sobre el contenido de estos encuentros.
La experiencia de Emaus sólo puede vivirse una vez como caminante y cuantas veces se quiera como servidor. 
El relato del pasaje evangélico de Lucas 24:13-35 impregna el retiro. Por alguna extraña razón, los participantes que acuden sin prejuicio, incluso escépticos, salen transformados; algunos incluso dan un giro radical a su vida.
Podría pensarse que es un subidón de fin de semana, como si uno corriera un encierro en Pamplona o festejara una Super Bowl o un Mundial de Fútbol. Sin embargo, el efecto Emaus persiste, sin lógica alguna, entre caminantes y servidores. 
Casi ninguno sabe explicar por qué. Lo único que dicen, emocionados, es que “para entenderlo, tienes que vivirlo”. Les pasa un poco como a los aquellos dos discípulos que escucharon a Jesús, reconociéndolo sólo al final de la jornada. 

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